Cuentan que el sol acariciaba las puntas de los picos del Este cuando
Aztamaca se topó con algo duro que le impidió avanzar por la gatera de espigas silvestres. Sentado sobre la hierba doblada y con un dolor fuerte en la barbilla, al principio no entendió con qué se había golpeado. Tentó el sendero por hacer y no halló piedra, ni tronco de árbol, ni rama seca a la que maldecir y chillar.
- Espera, chico -se llamó así mismo como lo haría su abuelo, extrañado por el nuevo tacto descubierto.
Buscó con los dedos los límites de lo invisible. Sus manos empujaron la dura invisibilidad y ésta pareció moverse.
- ¡Qué pesado es! -exclamó olvidando todo rastro de dolor.
Aquello podía hacer gatera, rodando y doblando las espigas silvestres.
Aztamaca se puso de rodillas y lentamente alzó la cabeza hasta la altura de la hierba crecida. Miró el horizonte, las montañas del Este y el bosque Cunazorras que bordeaba el claro se cubrían lentamente de penumbra. Era el momento de volver al poblado.
Patrás ladraba nervioso, aún era un cachorro de pocas semanas y era fácil despistarlo.
Aztamaca lo llamó con un silbido continuo e intermitente. No hizo falta nada más para empezar a ver cómo se acercaba la hierba agitada con el correr ansioso de Patrás. Recordó una de las enseñanzas de su abuelo para ser un buen cazador en la hierba crecida, nunca había que mostrar el número de hombres en una cacería, siempre uno tras otro, trazando todos el mismo sendero. Prendió la cosa invisible contra su pecho, acariciando con la mano derecha la superficie. Una sensación extraña surgió en él al instante. No debía soltarlo por nada del mundo, dejar de tocarlo podría suponer perderlo.
Patrás llegó a los pies de su amigo contento y agitando el rabillo por haberle alcanzado pero al momento percibió algo extraño que le hizo gemir y dar unos pasos hacia atrás, como cuando en los primeros días de nacer recelaba de quien se le acercara.
- Calma, es algo especial. Mira, acércate -dijo el chico agachándose con una sonrisa tranquilizadora.
Su cara parecía iluminar de felicidad. Acariciaba suavemente la superficie invisible de un objeto extraño, al tiempo que con el movimiento de sus manos creaba su forma. El perro ladró un par de veces aceptando el nuevo encuentro y volvió a acercarse receloso mirando a su amigo directamente a los ojos. Ahora somos tres, trasmitió con su actitud Patrás.
Aztamaca se alzó e inició el camino hacia el poblado a través de los senderos hechos en la hierba crecida. Un sendero trazado es de quién lo crea, aunque a éste pocas veces se le recuerda. Los demás lo usan en silencio, sin agitar espigas, agradeciendo al hacedor con la permanencia de su obra.
El cachorro iba delante seguro de sí mismo, esta vez parecía conocer el camino de vuelta a casa. Mientras, el chico le seguía con la mirada perdida, pensando en cómo reaccionaría su abuelo y la gente del poblado.